Interesante artículo sobre Cooperación

Publicado: 25/08/2011 en Actualidad, Captación de fondos, Comunicación, Derechos Humanos, Varios

Gracias a twitter, he encontrado un artículo muy interesante sobre el debate de las ayudas en cooperación al desarrollo. Copio y pego este artículo publicado el pasado 24 de agosto de 2011 en La Vanguardia.

http://www.lavanguardia.com/cultura/20110824/54204624037/cooperacion-y-anticooperacion.html

La crisis económica también pone en cuestión el sistema de ayudas del Norte al Sur, consolidado en los últimos sesenta años

Cooperación y anticooperación

La ayuda choca con políticas económicas que generan pobreza, destrucción ecológica, corrupción y violencia | Las oenegés deciden poco, las grandes decisiones sobre ayuda se toman desde el FMI, la ONU o los gobiernos

Cultura | 24/08/2011 – 04:10h

Xavier Montanyà

El modelo de cooperación internacional para la ayuda a los llamados países en desarrollo ha entrado en crisis, sobre todo con la hegemonía del capitalismo global, que se ha mostrado ineficaz a la hora de gestionar estas ayudas mientras las políticas transnacionales siguen perpetuando un modelo que abunda en la explotación descontrolada de los recursos naturales y la generación de más pobreza. Esta crisis, que cuestiona el sistema de crecimiento y desarrollo internacional, pone a debate también a las oenegés y sus prácticas de ayuda y cooperación.

La gravedad de la crisis económica provoca el cuestionamiento de los fundamentos económicos y políticos globales. Una parte de la crítica se centra en los vectores políticos, económicos y culturales sobre los que se han mantenido hasta ahora las relaciones Norte-Sur. La imposición en todo el mundo del modelo del capitalismo global, uno y único, genera ya muchos problemas e incógnitas de futuro. Se complica la lucha por la extracción y comercialización de los recursos naturales y aumentan los conflictos violentos que provoca, a la vez que crece el empobrecimiento del Tercer Mundo, el calentamiento global, la violación de los derechos humanos y ecólogicos, los movimentos migratorios, el desempleo, el descontento y la frustración de amplios sectores juveniles con pocas posibilidades de futuro, la corrupción política, etcétera.

Serge Halimi, en un editorial de Le Monde Diplomatique (mayo del 2011) sobre la impunidad bancaria, constataba que “en el año posterior a la crisis de las hipotecas basura, los gobiernos han destinado más dinero a mantener a los bancos y a las instituciones financieras que el que el mundo ha invertido, en medio siglo, en ayudar a los países pobres”. Si sumamos este dato a la evidencia  de que la ayuda internacional practicada en este medio siglo ha sido poco efectiva, el debate o la reformulación de conceptos deviene imprescindible.

David Llistar, del Observatori del Deute de la Globalització de la Cátedra Unesco de Sostenibilitat de la UPC, en su libro Anticooperación (Icària, 2009), concluye que los problemas del Sur global no se resuelven con más ayuda internacional, pues esta queda anulada por la actuación de los mismos gobiernos y organismos internacionales que la ejercen, al llevar a cabo políticas económicas transnacionales que generan pobreza, destrucción ecológica, violación de derechos humanos, represión, corrupción y, en casos extremos, violencia. ¿Cómo explicar –se pregunta– que tras sesenta años de cooperación internacional al desarrollo, el mundo de los empobrecidos, en su conjunto, no haya mejorado?

El debate sobre la ayuda y la cooperación se plasmó recientemente en la polémica que generó el libro del antropólogo africanista Gustau Nerín, Blanc bo busca pobre negre (La Campana, 2011), una crítica irónica y contundente al sistema de cooperación actual y al mundo de las oenegés. El autor deja bien claro que su libro no es una crítica a los cooperantes en su conjunto, sino a un sistema que ha fracasado. El dinero de la ayuda a los países africanos, según Nerín, no contribuye al desarrollo, sino que, más bien, es un escollo para el progreso.  La ayuda no ha conseguido que África sea autónoma, sino, al revés, mucho más dependiente.

En el debate, en parte reflejado en La Vanguardia, intervinieron voces muy diversas. Lluís Mallart, antropólogo: “Las oenegés no tienen razón de ser, sólo con buena voluntad no vamos a ninguna parte. África más que ayuda, necesita justicia”. El escritor y antropólogo experto en África, Albert Sánchez Piñol: “La oenegés son un instrumento del neocolonialismo. Los problemas de África son estructurales y tan grandes que no los pueden resolver un grupo de amigos del Guinardó. Para eso están las instituciones internacionales”.

También opinaron profesionales del sector, que si bien reconocían la necesidad de autocrítica y que los resultados de la cooperación no son los deseables, defendían su función. Francesc Mateu, presidente de la Federación de ONGs de Catalunya: “El 99% de las grandes oenegés actuamos según las demandas de los propios africanos. Hemos evolucionado y ahora son los grupos locales, las contrapartes, las que proponen sus planes”. O Ignasi Carreras, director del Instituto de Innovación Social de Esade: “El gran problema de África no es la cooperación sino las reglas del comercio internacional, el cambio climático… El papel de las oenegés es concienciar a los países del Norte de los cambios que deben acometer para mitigar esta situación”.

No obstante, la cuestión va más allá de la actividad de las oenegés, que,apesar de su proliferación, deciden poco. Son una pieza importante del engranaje, pero las grandes decisiones sobre la ayuda se toman en los despachos del FMI, la ONU y en los gobiernos de las grandes potencias. Para ellos, el concepto de ayuda no se cierne a las necesidades de los países pobres; fundamentalmente responde al beneficio que ellos obtendrán a cambio.

Cabe decir, también, que la crisis se vive con bastante alarma en los sectores profesionales dedicados a la cooperación. El informe anual de Intermón Oxfam, La realidad de la ayuda 2010, anunciaba que el recorte del 23% en la ayuda al desarrollo en España tendrá graves consecuencias en cientos de miles de personas de los países pobres. Si no se hace nada, constatan, la ayuda al desarrollo podría tardar hasta diez años en recuperar el nivel anterior a la crisis. El informe propone nuevas fórmulas de financiación como la tasa Robin Hood, una tasa del 0’05% a las transacciones financieras internacionales que permitiría generar 300.000 millones de dólares anuales para la lucha contra la pobreza. O reducir la evasión fiscal, un tema clave.

Eva Joly, eurodiputada d’Europe Ecologie, ha denunciado en numerosas ocasiones la explotación neocolonial sofisticada, norma de actuación de algunas transnacionales. Fue la juez de instrucción del caso Elf-Aquitanie, que desenmascaró la corrupción de numerosas personalidades francesas. En unas declaraciones a La Vanguardia (28/II/2010), Joly aseguraba que la corrupción no es un accidente, sino un sistema, con sus fondos secretos, paraísos fiscales, y demás instrumentos de ingenieria financera fraudulenta. Este sistema está apoyado por el Banco Mundial, el Banco Europeo de Inversiones y el Fondo Monetario Internacional. Afirmaba haber descubierto que los africanos estaban financiando una parte de la élite política francesa y que “el modelo de cooperación ha fracasado, es una forma moderna de esclavitud”.

Además de crear organismos internacionales de investigación, asociaciones de denuncia y concienciación y profundizar en los mecanismos de la justicia local e internacional, hay intelectuales y científicos que, desde hace años, cuestionan el mito del desarrollo, nacido en la guerra fría, con el Plan Marshall, por obsoleto, ineficaz o perjudicial. El antropólogo colombiano Arturo Escobar,  profesor en la Universidad de Carolina del Norte, fue uno de los pioneros. Para él, el mito del desarrollo está agonizando, y sugiere algunas ideas básicas para su reformulación. El postdesarrollo, dice, apunta a la creación de un espacio/tiempo colectivo donde el desarrollo deje de ser el principio central que organiza la vida económica y social. Esto implica cuestionar la preeminencia del concepto de crecimiento económico como meta, hacer visible la matriz cultural de donde proviene el desarrollo y su historicidad (visión dominante de la modernidad), desarticular el modelo de desarrollo basado en la premisa de la modernización, la explotación de la naturaleza como ser no vivo, la exportación de recursos naturales primarios y la acción individual. En resumen, su planteamiento implica un reconocimiento de la diversidad y la multiplicidad de visiones sobre la sociedad, la economía, la cultura, la ecología y el diálogo intercultural. El objetivo sería tender a formas de integración regional autónomas, basadas en criterios ecológicos propios y de desarrollo autocentrado, es decir, no dictado por los intereses de la acumulación mundial de capital.

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